
H-2B
Empaquetador de vegetales
Daria tuvo que pelear para encontrar a un reclutador que le diera la oportunidad de trabajar en los Estados Unidos. Los reclutadores cobraban dinero por la oportunidad de trabajar, entonces Daria tuvo que pedir préstamos. Ella consiguió una posición agrícola, pero pronto descubrió que las oportunidades para hombres no eran iguales que para mujeres en su lugar de trabajo; mientras que a los hombres los enviaban a trabajos de cosecha con visas H-2A, mujeres como Daria recibían visas H-2B y se las asignaba a la clasificación de verduras.
Inmediatamente, Daria descubrió que su trabajo y su paga no cumplirían con sus expectativas. Además de ganar un 10% menos de lo prometido por hora, Daria y sus colegas también trabajaban solo de tres a cinco horas por semana, muy lejos de la semana laboral de cuarenta horas que se les había descrito. Cuando el trabajo era escaso, Daria veía que el supervisor de la compañía venía y recogía a los hombres para el trabajo, dejando a las mujeres atrás para que limpiaran sus dormitorios. Ella describió al supervisor como un hombre grosero e intimidante que les gritaba a las mujeres por ser lentas. La compañía le quitó el pasaporte, reteniéndolo hasta el final de la temporada.
El lugar de trabajo de Daria era tan remoto que ella y sus colegas no tuvieron más remedio que vivir en viviendas de trabajadores agrícolas provistas por la compañía, por lo que pagaban el alquiler mensual. Los dormitorios estaban mal equipados para la convivencia entre personas de distintos géneros. Para llegar a los baños, por ejemplo, Daria y las otras mujeres tenían que caminar por los dormitorios masculinos. El baño en sí, compartido por hombres y mujeres, era una sala común de puestos, con solo una puerta hacia el exterior.
Esta experiencia hizo que Daria se sintiera terriblemente incómoda, especialmente cuando algunos de los hombres habían estado bebiendo. Lejos de la ciudad, y sin teléfono, Daria y sus compañeras de trabajo tenían poca comunicación con sus familias o con el mundo exterior. Siempre estaban esperando trabajo. El estrés y el aislamiento finalmente cobraron su precio, y un día, Daria se desmayó, quedando inconsciente. En el hospital, ella fue diagnosticada con profunda angustia emocional. Eventualmente, encontró fortaleza en un grupo de iglesia, cuyos miembras y miembros oraron con ella y la animaron.
“Era una pocilga. No había puerta. Lloré mucho porque todo fue terrible, tuve que dormir en el piso y sufrí dolores de espalda y no pude dormir. El piso estaba muy sucio. Aquéllos que habían trabajado allí por más tiempo estaban mejor porque se las arreglaron para comprar colchones.”
